EL AMIGO

Enviado por proferita el 09/09/2011 a las 10:32 PM
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                                                               EL AMIGO

                                                                                                                 OSCAR CASTRO

 

      Esa tarde, como todas las otras, Matilde larga los ojos por el camino y los deja bañarse en un poco de cielo. Recorre con ellos las distancias  que  sus pies no  pueden andar. Y no  sueña, porque  hubo  alguien que se llevó todo lo que podía hacerla soñar. La dejó vacía, estrujada, con una gran  soledad  arrinconada en  el alma. También  con  un hijo: una  miniatura de  los brazos  nervudos que  la oprimieron, de la boca pícara que supo besar y mentir.

    Matide fue desde entonces una cosa más en el rancho. Una sombra llorosa con un remordimiento vivo en  las entrañas. Pero  él era  buen mozo. Sabía  reír, sabía  tocar  una  guitarra  como si  hiciera  sonar un corazón…Tenía modales de caballero. Voz bien timbrada de macho seguro de sus medios. Ojos de amor, de cosa profunda, de atardecer  cayendo entre montaña…

   A la moza le duele como una quemadura el corazón cuando recuerda. Por eso, tras seis años de aguardar  un   retorno  imposible, sale  al  camino por  costumbre. Quizás si en  el fondo alberga  la esperanza de  un  milagro. Lo cierto es  que ya para  Matilde significa  un dulce  hábito éste de quedarse parada en el umbral de cada noche que llega.

      A veces, frente  a ella, suele  jugar el  fruto de  su culpa, lo único que le  quedara  del  ausente. Matilde, mirando al rapaz, sonríe. Siente como si el niño fuera un resplandor en su espíritu. Y en ocasiones lo coge  y lo aprieta sin motivo contra su pecho, cerrando los ojos, fingiéndose tal vez una mentira irrealizable.

 

                                                 *

 

      Esa tarde, tampoco Matilde quiere recordar. Pero tiene tantos aromas el viento, tanto oro las nubes, que se le va, inconscientemente, el rumbo del corazón hacia atrás que cae en el pasado. Aparece la noche aquella entre los trigales…el roce de las manos varoniles, el recuerdo de tantas estrellas vistas desde abajo, sobre  la cabeza del hombre… Después, el remordimiento. La temblorosa  expectativa de su ser  hacia lo  que ocurría  en  sus  entrañas. La ausencia  larga desgarrada, irremediable. Las blasfemias y  los golpes de su padre. Y la vergüenza cayendo, implacable, sobre su desesperación.

      Todo esto va saliendo de su pecho, de sus  sienes, de sus ojos perdidos en  la carretera. Pero  la evocación es diáfana y apacible, como un agua que se vuelve remanso después de  golpearse mucho  entre rocas  filudas.

 Si no fuera por el hijo, Matilde creería que soñó aquel retazo de su existencia. Pero el chico está ahí. Irrumpe desde la casa con Crispín, su perro sucio y flaco. Juega en la tierra del patio. Sale al camino, tirándole de paso el  delantal. Suelta  el aro de  su risa  y lo  persigue  hasta más  allá  del puente. Tomando de  la barandilla, se entretiene en tirar piedrecillas al agua. Quiere ir más lejos y entonces la  madre estira  un grito como una soga  de colores para retenerlo:

       --¡Eduardo!

       --¡Mamita!

       --¡Güélvete, niño!

     El perro y el muchacho corren hacia ella, envueltos en un remolino de tierra. Detrás de esa cortina cenicienta surge entonces, inesperadamente, una tercera silueta, que antes  la mujer no había visto. Sus ojos quieren  pasar sobre ella, pero  algo hace que le preste atención. Matilde tiene una  corazonada. Esta silueta… Algo  tiene que ella conoce. Y si fuera… Prefiere mirar a otro lado para darle tiempo a que se aproxime. Entre tanto, aprovecha para dirigirse al hijo:

       --¡Eduardo, no levantís tanta tierra!

    La corazonada se va volviendo casi certera. Cuando ya faltan diez metros para que el transeúnte llegue al rancho, ella  deja  de  torturar el delantal con sus manos y escruta, conteniendo  la  respiración, el  rostro del viajero. El hombre camina seis trancos más y habla:

      --¡Qui’hubo, Matilde!

    La moza corre hacia él y lo abraza, con los ojos desbordados de lágrimas. Luego, mirándole el rostro, no sabe sino decir:

      --Te hallo más tostao, Juan.

      --El sol de la pampa –dice el recién llegado. Y luego: ¿Y los viejos?

      --Ey tan, viviendo pa no morirse…

    Eduardito ha suspendido sus juegos y examina con sorpresa a los interlocutores, mientras inmoviliza a Crispín con una mano. No dice nada ni se acerca, esperando lo que sucederá. Juan siente el llamado de aquellas pupilas claras y vuelve la cabeza, interroga a Matilde con un gesto. Esta hace una seña al chiquillo, que se acerca riendo y se refugia detrás de las polleras maternales. La mujer responde:

       --Hijo mío.

       --¿Tuyo? ¿Te casaste, entonces?

    La hembra baja los ojos y una oleada de sangre le tiñe la cara. Las facciones del hombre se endurecen. Adquieren el brillo del cobre envejecido. Y añade, sin comentarios:

       --Quiero ver a mi taita y a la vieja. ¿Todavía’stán disgustaos conmigo?

       --Toas las cosas se olvían, Juan –responde ella-- .

    Los viejos t’ esperaban hace tiempo. ¿Por qué no escribíay?

    Por toda respuesta, el hermano encoge los hombros y se detiene un instante en la puerta que Matilde le abre. Una vieja, que parece brotada de la ceniza de un brasero que tiene delante, levanta los ojos. Ve una silueta oscura sobre el hueco celeste de la puerta. Se dirige entonces a Matilde:

       --¿Quién es, hija?

    Pero Juan se adelanta y responde por ella:

       --Yo, mamita.

    El mate que la anciana sostiene entre sus manos levanta un reguero de chispas y de vapor al caer en el fuego. Se incorpora toda temblorosa y enreda su pollera en la oreja del brasero. Sus ojos, apagados por el continuo soplo del tiempo, se iluminan con un fogonazo de júbilo.

    Después llora silenciosamente en el pecho del hombre, que disimula su emoción con una sonrisa. Entre-cortadamente, la madre pronuncia palabras inconexas:

       --Tantos años, Juan… Nosotros… El viejo… Tus cartas que no llegaban… Tay más hombre… Yo…, yo pensaba morirme sin verte más…

    Juan se siente incómodo. No le gustan estas cosas. Traga saliva y la angustia sube y baja por su garganta. Entonces, para arrojar lejos la emoción, quiebra el abrazo y deja sobre una silla vieja el saco quintalero con las pilchas, que trae al hombro.

    Cuando Matilde enciende la vela, la madre está limpiándose los ojos con el delantal. Juan, inclinado sobre el saco, procura dejar en la sombra su semblante. Es alto, de anchas espaldas, de rasgos precisos y ojos tallados en piedra oscura.

    En eses instante se abre la puerta del patio y asoma Belarmino, el padre. Su barba amarillenta es un vellón sobre la manta negra. Las arrugas convergen hacia sus ojos como canales de riego hacia lagunas dulces. Su espalda traza ya un paréntesis buscando la tierra. Los dos hombres quédanse mirando un instante. Sin avanzar un paso, sin dejar que la sorpresa se le asome al gesto ni  a las palabras. Belarmino dice:

       --Ah, ah, apareció el perdío, ¿no?

       --Aquí me tiene otra vez, pues taita.

       --¿Y cómo te ha tratado por ey la vía?  

       --Así, así, más bien que mal.

       --Me alegro. ¿Y te l’enfrió la callana?

    Por toda respuesta, el hijo sonríe, recobrando ya el aplomo. El viejo se sienta, coge el mate, que Matilde ha puesto en la boca de la tetera, y lo prepara. Luego:

       --Vos traerís hambre tal vez. ¿Querís mate?

       --Güeno.

       --Allégate p’acá, entonces.

    Sentados los cuatro en torno al brasero, comienzan a desatar recuerdos. Tienen mucho tema y mucha noche por delante. Diez años de ausencia son bastantes para que se acumulen sucesos y nostalgias bajo el pecho. A pesar de su habitual parquedad en el hablar, Juan va sacando una a una las estampas del vagabundaje. Las pone ante los ojos de su auditorio y mirando el fuego se olvida de observar la expresión de las caras. ¿Qué hizo durante diez años? Trabajar. Atorrantear. Conocer mundo. A través de su relato van surgiendo ciudades y lugares de pintorescos nombres. La pampa caldeada en donde trabajó de barretero durante largas jornadas. Los tiros de dinamita que reventaban haciendo parir la tierra. Los apelativos incomprensibles de capataces y gringos. El retorno por falta de trabajo. Todo.

    Eduardito, abrazado a su perro, escucha desde un rincón el relato épico. Tiene tan abiertos los ojos, que parecen llenarle toda la cara. Contiene la respiración y siente a veces ganas de preguntar algo. Pero comprende que lo harían callar y se queda tranquilo. Es mejor seguir ignorado de los cuatro personajes. teme ser descubierto, porque lo mandarían a buscar cualquier cosa afuera. Y él no quiere perder una sílaba de lo que cuenta ese hombre que ha llegado del fin del mundo. A él no le cabe duda que aquella Antofagasta, aquella Chuquicamata y aquellos otros pueblos que nombra, deben hallarse al fin del mundo. Lejos. Más allá de donde el camino se interrumpe, porque el cielo cae como una muralla azul sobre él…

       -Pu’allá  se gana plata. La vía es cara, pero corren billetes. El que no es envarao ni quedao en las güinchas, tiene que juntar pesos –expresa Juan.

    El no pudo traer nada, claro está, porque la cesantía lo tuvo unos meses varao después que cerraron la oficina en la que trabajaba. Pero si pudiera irse de nuevo, con seguridad que retornaría con dinero suficiente para comprar una cuadra de terreno.

    A pesar de toda su atención, Eduardito, tras una heroica batalla con el sueño, concluye por cerrar  las pupilas e inclinar la cabeza. Cripín, que ha soportado con paciencia su peso por diez minutos, hace un movimiento y el muchacho se viene a tierra. Ocho ojos convergen hacia él. Y de inmediato la madre lo coge para meterlo en su cama, en la pieza contigua.

    Cinco minutos más tarde, cuando Matilde retorna, cumplida ya su tarea, presiente que están hablando de ella. Esta idea se afianza cuando todos guardan silencio. Piensa que el hermano ha pedido detalles de su desgracia, y vuelve a sonrojarse. Pero nadie la mira. Juan escarba el fuego. La madre ceba un nuevo mate. Belarmino fuma, mirando las brasas.

 

 

 

    Busca otra vez asiento y la conversación antigua se reanuda en seguida. La mujer se siente más tranquila y observa de nuevo las facciones bien delineadas del hermano, que no se preocupa de ella.

    La campana del molino distante deja caer después doce goterones de música.

    Quince días más tarde, el otoño continúa arreando su piño de hojas iguales por el camino. El paisaje, invariable, se muere en los ojos de Juan. Hace diez años, cuando él abandonó el rancho a raíz de un disgusto con Belarmino, estas cosas que ahora está mirando eran lo mismo que hoy. Frente a él hay un monte que conserva su perfil redondeado. Los potreros, los deslindes, todo es idéntico.

    Juan echa de menos el hervor de las calicheras norteñas. El picante olor de la dinamita. Siente que las manos se le apolillan de inmovilidad. Y piensa que no debió regresar. A la distancia, este rancho, esta carretera, estas corridas de álamos, se le aparecían como un refugio. De tanto pensar en sus viejos, los había idealizado. Pero ahora, ante la realidad, siéntese insatisfecho, desadaptado, vacío por completo. Comprende que nada tiene que hacer allí. Las tardas yuntas de bueyes que aran el campo, los gritos de los carreteros que pasan, el chillido estridente de los tiuques en los surcos abiertos, le producen un hastío infinito. Y el rancho viejo, feo, muerto bajo los sauces, ocasiónale un malestar semejante a una enfermedad.

    Por otra parte, está su hermana con aquel chiquillo de contrabando. A los dos los odia. Una y otro le recuerdan la deshonra que ha caído sobre el hogar. Matilde ha hecho lo posible por agradarle, pero él no quiere aceptar nada de su parte. En cuanto al mocoso, como si no existiera. Es demasiado bonito. –Hechura de algún jutre -, piensa con rencor. Y prefiere salir al camino a cada tarde, ocupando el puesto de su hermana y echando a caminar sus ojos hacia el infinito.

    Ese día, por distraer su ocio, se aventura a llegar hasta el puente. Camina por sobre los tablones, mirando el espejo del agua. El sol cae al sesgo sobre la corriente y la incendia de escamas plateadas. De pronto, tras él, resuenan las risas de Eduardito. Viene por el camino a todo correr, detrás de Crispín, que ladra incesantemente. Juan lo mira sin atención y prosigue meditando. Pero el chiquillo se detiene junto a él, y luego se sienta con sus piernas colgando hacia el estero. En seguida llega a reunírseles Matilde. El hombre se decide entonces a echar fuera una pregunta que lo tortura desde hace días:

       --Oye, ¿de quién es este chiquillo?

    Matilde, cogida de improviso, no sabe qué responder. Baja los ojos. El hermano, en silencio, mantiene su pregunta. Ella concluye por decidirse:

       _¿No te han dicho los viejos?

       _No les hey preguntao.

       _Es de Roberto Zavala. Vos no debís conocerlo.

       _Conocí en la pampa a un Roberto Zavala. Era rubio, grande, sabía tocar la gui…

    No alcanza a terminar la descripción. Sus ojos buscan a Eduardito. En seguida, convencido añade:

       _¡Claro…! ¡Roberto Zavala…! Tiene que ser el mismo. Con razón me traía memoria de alguien este mocoso…¿Y cómo llegó por estos laos Roberto?

    Matide, con voz insegura, cuenta entonces sus penas. Vino a una fiesta que daba el patrón en las casas. Pasó frente al rancho. Ella estaba parada en la puerta y Roberto le regaló un clavel. Por la tarde volvió a pasar. Traía su guitarra bajo el brazo y le pidió un vaso de agua. El padre tuvo la mala ocurrencia de hacerlo pasar. El mozo pagó el convite con una canción que llegaba al alma. Venía medio picao, parece. En los días siguientes retornó sin guitarra. Ella creyó que traía buenas intenciones. Se dejó envolver por su palabra fácil y por su risa cálida. Matilde no tiene la culpa. Fue él con su labia, con sus ojos, con su estrucción…

    Juan ha escuchado con la vista clavada en el agua del estero. No se mueve cuando su hermana deja de hablar. Después de un rato, tal si regresara de una lejanía, comenta para sí:

       -¡Y pensar que juimos tan cumpas con Roberto!

    Casi hermanos. Lo mío, suyo; lo d’el, mío. Teníamos el camarote juntos. En la noche me contaba su vía. Era de güena familia. Un día el paire se mató por culpa de unos malos negocios, y él quedó solo. Anduvo atorrantiando y se metió a trabajar en una fábrica. D’ey partió sin rumbo. Conocía casi too Chile. Era de línia. Amigo de los amigos. Entretenío como él solo.

    Hace una pausa como para ordenar los recuerdos. En seguida añade:

       _¡Aónde iría a pensar Roberto que vos eray mi hermana! Tiene que haber sío la pura fataliá no más. Y ahora la cosa no tiene remedio, porque…

    Observa un instante a su hermana, y en seguida, velando su voz, concluye:

       _... porque Roberto murió.

    La mujer entreabre la boca. Cuelga la imploración de sus ojos en los labios de su hermano. Y unas lágri-mas silenciosas y mansas le ruedan por la cara.

    _Un tiro quedao lo hizo peazo, hace dos años _masculla Juan, volviendo la cara para disimular la emoción.

    Las palabras quedan un momento resonando en el aire y luego se desvanecen. Un silencio angustioso flota entre ambos interlocutores. Matilde sigue llorando calladamente. Se yergue sobre su pesadumbre para dirigirse al rancho sin mirar por donde va. Siente como si algo se le hubiera quebrado adentro, y todas las cosas se le imaginan tan lejanas, tan irreales, como los seres que se movían en torno a ella al día siguiente de su parto… Pero esta sensación es más dolorosa, más fría y desconsolada. Tiene el sabor de lo irremediable, de lo que es más poderoso y fuerte que la vida y la voluntad…

    El hermano la observa un momento. Sacude luego la cabeza y coge a Eduardito de la mano. Seis pasos más adelante se inclina para subir al niño hasta su pecho. En la amplia frente y en los ojos azules del rapaz vuelve a ver al amigo. Busca con sus labios la cabellera sedosa del niño, que se acurruca temeroso en sus brazos, y  deja un beso perdido entre las hebras de oro. Clava su mirada en la tierra e inconscientemente deja escapar una cuantas palabras:

       _¡Puchas! Mala suerte…, pura mala suerte.

       Eduardito, sorprendido, interroga:

       _¿Qué, tío?

       Y él:

       _Ná, m’hijito.

       Sobre las dos cabezas la primera estrella enciende su lágrima pura. 

 

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